A propósito de una clase de derecho...

Recuerdo perfectamente como ese buen profesor de la facultad de Derecho, hace 12 años, hacía hincapié desde el primer día en que debíamos aprender a leer en diagonal: con rapidez, pero captando el significado. Hoy, así de casualidad, mis ojos pasan por encima de un mensaje de tres líneas que aparece en mi timeline de una conocida red social. Sin pausa en el scroll hacía abajo, mi cerebro registra vagamente un mensaje y, en el proceso, me salta una alerta temprana. Vuelvo al mensaje, que lee lo siguiente:

"España exporta el vino más barato del mundo. Tenemos que aprender de nuestros vecinos italianos y franceses y hacer que se valoren nuestros productos (no es un problema exclusivo del mundo del vino)".

Le sigue un enlace a un medio de comunicación que informa, asépticamente, sobre unos datos que confirman la primera parte del mensaje. Pero mi increpación mental viene dada por la segunda, de frase (paréntesis incluido), que parece utilizar la acepción normativa del término "barato" que le otorga un significado con claras connotaciones negativas.

Con pocos clicks, descubro que tras la apariencia de una página de divulgación del mundo del vino se encuentra, ni más ni menos, una empresa que ofrece servicios de exportación y comercialización de productos. Empiezo a comprender las cosas: una organización empresarial en busca de márgenes, que ya son demasiados años con unos resultados pírricos a final de año, y que busca promocionar sus servicios a un sector específico mediante el anzuelo de las redes sociales. Siento tristeza por ellos: no por el hecho de que no se ganen la vida tan bien como antaño, sino por la pobreza de sus argumentos de negocio.

¿Cómo quieren ofrecer un buen servicio si, después todo, aún no han entendido nada? La gastronomía en general lleva ya algunos cuantos años replanteando el modelo del "precio = calidad", tan preponderante en esos tiempos de segundas, terceras residencias y de Porsche Cayennes, y que por desgracia sigue aún tan presente en la mente de muchos consumidores. Pero no, estos auténticos visionarios ven como el castillo de naipes del vino español se cae con la crisis y se dedican a reconstruirlo, con la misma inercia e insconsciencia de esas empresas del sector inmobiliario antes de 2008: sin preguntarse el por qué ha caído el castillo, o si realmente es necesario seguir construyendo.

Según datos consultados, de 2000 a 2012 la caída en el consumo del vino ha sido de un 15%, y dudo que dada la conyuntura económica se haya remontado en los meses que separan esta información del día de hoy.  De hecho, el otro día, leía un artículo en una revista en formato físico que apuntaba a un descenso notable en los últimos tres años. Poco mejor le ha ido a la cerveza que, según datos de Cerveceros de España, que desde 2008 ha visto como su consumo se reducía en casi un 11%. No obstante, según el último informe socioeconómico de este grupo, en 2014 subió un 3% respecto al año anterior.

En todo este escenario, desde especialmente desde 2008, la cerveza de microcervecera ha ido trabajando pasito a pasito hasta hacerse con una pequeña porción del pastel del consumo de cerveza, con un incremento que en términos porcentuales absolutos sería espectacular, y que por su sostenimiento en el tiempo debería descartar toda relación a una simple moda, como sí podría haber parecido al principio. ¿Cómo, en mi opinión, se ha llegado a este punto en el que la crisis hace bajar el consumo de vino (y de cerveza) mientras que la cerveza alternativa no ha hecho más que crecer año tras año?

Naturalmente, partir de cero puede explicar que se registren incrementos notables, siempre que las cosas se hagan mínimamente bien. Pero aunque haya habido y sigan habiendo excepciones, desde el sector se ha sabido transmitir a un creciente número de consumidores que aquello que están pagando de más respecto a la cerveza "de toda la vida" les aporta un valor añadido palpable (además de unos cuantos IBUs extra). Hay que seguir trabajando en ello, incluso mejor que hasta ahora, huyendo de la ridícula asociación de producto caro = producto bueno, que tan flaco favor le ha hecho al vino, visto ahora con perspectiva.

Para seguir esta buena senda y conquistar más paladares, debe trabajarse desde el buen conocimiento del producto, así como de todas las facetas que complementan la elaboración de cerveza para su posterior comercialización. Recuerdo como en la Taula Rodona que concluyó el pasado Barcelona Beer Festival, Dani Ruiz (CerveTV) lanzaba un paralelismo muy acertado, comparando buena parte de los productores nacionales con hombres-orquesta. Efectivamente, habrá quien demuestre que puede tocar muchos instrumentos distintos a la vez, y con cierta virtuosidad; pero la mayoría de mortales no tienen capacidades profesionales para la elaboración cerveza, diseño gráfico, albañilería, comunicación y márqueting, gestión de ventas y contabilidad y un largo etcétera, que son muchas de las cosas que necesita una empresa productora de cerveza.

Es así como las empresas, y las personas, deben asociarse, intercambiar conocimientos, compartir experiencias. Los profesionales que puedan prestar servicios al sector cervecero deben preocuparse de entender bien esta industria si quieren que su oferta sea de calidad. Mientras, los cerveceros deben también buscar empresas de servicios que comprendan la importancia de los cuidados que merece el producto final, o el público objetivo para un posicionamiento correcto en el mercado, o un sinfín de aspectos que tienen el denominador común de que, cuanto más mejor, todo pasa por valorar y entender con qué y con quién se está tratando.

Salvo en casos especiales, un hombre-orquesta nace por necesidad y no por vocación. Cuanto antes se empiece a descargar de instrumentos, y deje las cuerdas para a un virtuoso violinista, y los platillos a un buen percusionista, mejor podrá demostrar su gran virtud con los instrumentos de viento. Pero no todos los violinistas, ni las empresas de exportación y comercialización de productos, se adaptan a todos los estilos; hay quienes, incluso, no saben ni tocar.

Desde este blog, siempre he defendido a capa y espada que las cerveceras deben ser y son empresas, y que deben tener una mentalidad empresarial si quieren cumplir con sus propósitos (y sobre propósitos hace un tiempo ya hablé largo y tendido). Otro tema son las buenas prácticas, la ética, el respeto al producto y al consumidor, y el sentimiento colectivo. En muchos casos, el negocio puro y duro puede entrar en conflicto con estos y otros principios: pero como en todo en esta vida, hay que encontrar un equilibrio que permita una sostenibilidad, alejada de conductas egoístas o directamente inmorales.

Otra de las primeras lecciones en la facultad comprendía la explicación de una corriente de pensamiento llamada iuspositivismo, que rechaza el vínculo necesario entre derecho y moral. Está claro que no hay cuerpo jurídico que impida a ninguna persona jurídica relacionarse con otra, si bien la ética empresarial de un sector como el cervecero debería desaconsejar el vínculo a ciertas malas prácticas, de acuerdo a una moral y sentimiento colectivo que, de respetarse, seguro beneficiarían al conjunto a largo plazo, y no sólo a unos pocos durante un periodo más limitado.

Sea como sea, seguiré pensando que el tiempo nos dará la razón a aquellos que entendemos la importancia de tejer relaciones de compañerismo, sinceridad y generosidad para afrontar los retos que la cerveza, el trabajo y la vida en general nos tiene preparados para el mañana.


Salut i birra!

Comentarios

  1. Muy interesante el post. Me apunto lo del iuspositivismo para descubrir más, ya que siempre me han gustado los debates filosóficos sobre la moralidad. ¡Un día, si quieres, con una birra delante, tratamos el tema!

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  2. Totalmente de acuerdo con tus reflexiones, Joan! Y lo del binomio y asociación "precio = calidad" es realmente patético, así que nos queda ardua tarea para irlo cambiando del imaginario colectivo. No obstante, y a pesar de valorar mucho la cerveza de calidad, tengo que reconocer que lo de pagar 7 o 8 euros por una buena pinta a veces me echa un poco para atrás... Y es que me he encontrado con buenísimas cervezas, incluso ecológicas (por lo general con un 50% más de costes en las materias primas) a 2 eurillos y poco la botella, mientras que a la vez te puedes encontrar con cervezas ordinarias (eso sí, con muy buen marketing, o con muy buena "cara dura") por el doble de precio... Estamos locos...? Sí... un poco, así es nuestro mundo. Y lo mismo pasa a veces con el vino. Aunque lo cierto es que "sobre gustos (y sobre ganas de gastarse el dinero) no hay nada escrito".
    De todas formas, y aunque la cerveza artesana hará muy bien en mantener su moral, su sentimiento colectivo, y su posicionamiento como producto de calidad, a menudo pienso que deberíamos poder hacer buenas cervezas a precios más accesibles al público general, y sin por ello tener que saltarnos nuestros principios! Reto para el sector? (ahí dejo mi humilde reflexión...!) ;-)

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