En la que conozco a Randy

 

Este pasado fin de semana se ha celebrado el Barcelona Beer Festival 2023. Nada extraño, sobre el papel: decimoprimera edición de un evento de magnitud, que ya forma parte del calendario anual de actos relevantes.

El cambio de sede significaba un retorno a la ciudad que fue origen de la cerveza artesana en este país, así como una reagrupación de las distintas iniciativas que han aparecido alrededor del festival -i.e. Challenge e Innbrew–. Ingredientes, todos ellos, que hacían que no se tratara de una mera edición más.

No obstante, el viernes pasado había mucho más en juego de lo que podía parecer. Con muchas empresas en el punto crítico de plantearse si invertir más o cerrar puertas, incluida la organizadora del Festival, esta edición se convertía en una especie de plebiscito, en una última bala. Era crítico cumplir objetivos.

El hecho es que el modelo anterior había caducado: en once ediciones, los consumidores y las empresas han evolucionado, y la pandemia cambió los parámetros de configuración de los grandes eventos de ocio. En el caso cervecero, el nuevo contexto pedía dejar de medir el éxito de los festivales solamente por volumetría de asistentes y número de referencias, y a la vez ponerse manos a la obra en aspectos nuevos y antiguos que permanecían encerrados en un cajón. 

En este sentido, una de las grandes novedades de este año la llevábamos todos en la muñeca. La pulsera no solamente servía como medio de pago, sino que permitía, por primera vez, hacer una medición precisa de los asistentes y sus comportamientos. A modo de ejemplo, podría servir para medir qué hora del día es la favorita para consumir un tipo de cerveza concreto, y la comida favorita para maridarla. Son datos de un valor incalculable.

Si bien, lo que más llamaba la atención al entrar en el Pabellón 7 de Fira Montjuïc era, sin duda, comprobar que la barra de grifos fijos, que había ido ganando relevancia los últimos años, se repartía troceada por todo el espacio: mejoraba las opciones de promoción y personalización de cada cervecero y, a pesar de la sencillez, los stands de madera aportaban una calidez mucho mayor.

Contrariamente, la barra clásica quedaba desdibujada y la pizarra pasaba a un triste segundo plano. Seguro que todo asistente militante encontró cosas a mejorar, pero los cambios de sede en un festival de estas dimensiones son traumáticos, y aquí, para mayor dificultad, ha cambiado el modelo.

Al fondo, el InnBrew transcurría en paralelo al Festival, aprovechando las claras sinergias entre ambos eventos en franjas concretas, a la vez que facilitando un espacio para la exposición, intercambio, formación y reflexión en torno a los temas que ocupan al sector. En el escenario, ponentes de nivel y grabaciones de las distintas sesiones, alimentando la notable base de contenidos que ha ido creando estos últimos años el BBF. 

El contexto pedía una ruptura, y es positivo que se haya producido, especialmente cuando se observa cuál ha sido el resultado: expositores satisfechos con el cambio producido y su apuesta por tener presencia en este gran foro, y público general disfrutando, un año más, de un evento abierto en que todo el mundo puede encontrar lo que busca.

Sin duda, ahora tocará ajustar diferentes cosas, recuperar ideas y formatos perdidos que quizás siguen siendo válidos. Pero, por encima de todo, toca consolidar el nuevo modelo.

Y es que a pesar de que como equipamiento es inigualable, en La Farga nunca habría podido llegar a mantener una conversación sobre armas, religión y Ley Seca con un americano de Alabama, de nombre Randy, que hacía pocas horas que había llegado con 30 personas más en un crucero por el Mediterráneo, y que se había escapado a primera hora para asistir al Festival, que había visto anunciado en uno de los pilares publicitarios que había repartidos por la ciudad.

La presente ha sido una edición de menos autocomplacencia y de más efectividad. Una edición de retorno al objetivo fundamental de captar nuevo público para enseñarles aquello en lo que todos nosotros creemos. Por eso era relevante volver a Barcelona.

Y la gente ha venido, de la calle, pero también del mundo de la hostelería, a quien se ha convocado desde el apartado profesional y también con una apuesta renovada y francamente acertada en el apartado de comida. Poco a poco, pero con firmeza, rearmados con el aprendizaje de estos años, este tiene que ser nuestro camino. El inicio de una nueva era para la cerveza artesana.

Una vez más, Beer Events ha resurgido para erigirse en el elemento agitador que lidera el sector, dando un mensaje contundente de resistencia y de amor. Sí, de amor: a unos valores, a una trayectoria, a unas personas; a todo un movimiento. Húmulus Lúpulus muta, pero su mensaje original, el de Steve Huxley, sigue presente y señala cuál es el camino.

Hay que celebrar que, a pesar de las adversidades, el público ha respondido y han sido muchos los profesionales que han confiado una vez más en la capacidad de este grupo humano para arrastrar, transformar y mejorar el sector.

Este fin de semana pasado todos hemos dado un paso adelante.


Salut i birra!


Disclaimer: a pesar de haber moderado dos mesas redondas en el marco del Innbrew, no he intervenido en ningún aspecto de la organización del Barcelona Beer Festival 2023, si bien he mantenido un vínculo personal y profesional con Beer Events desde su fundación.

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