De la ilusión


Mucho se ha escrito, y más se ha hablado, sobre la Mostra de Cervesa Artesana de Mediona. No sólo lleva ya doce ediciones a sus espaldas, sino que buena parte de los asistentes que ha tenido a lo largo de este tiempo hablan sobre lo muy especial que es la ‘Festa Major’ de los cerveceros. Yo mismo he publicado anteriormente varios textos sobre ello. La magia de Mediona es, en efecto, difícil de contar si no la vives, y es algo que engancha: que hace que seamos muchas las personas que, edición a edición, queremos repetir experiencia.

Este año, la boda de un buen amigo colisionó frontalmente con la cita que más temprano queda reservada en mi calendario cada año. Después del lamento inicial, pensé que aprovecharía la ocasión para vivir Mediona de una forma alternativa: buscando su magia en la previa. Tratando de entender qué la hace tan especial.


"Todos llevamos un trocito de Mediona dentro"



Así fue como llegué el día antes, temprano, en dirección a la zona del Camp Municipal d’Esports, que es el núcleo de actividad donde, año tras año, Sant Joan de Mediona pierde la tranquilidad de un pueblo de 900 habitantes para que sus calles se conviertan en una gran feria de cerveza y artesanía. Pero a esas horas de la tarde, básicamente había niños jugando a pelota, algunas personas mayores paseando, y un extraño observando el entorno y apuntando cosas en una pequeña libreta. Si bien las marcas en el suelo delataban que esa aparente calma no tardaría en desvanecerse.

Deambulé, entonces, por las calles, permitiéndome conocer mejor los rincones de una localidad en la que he estado muchas veces, si bien había explorado poco hasta el momento. Pronto había recorrido buena parte del núcleo municipal, así que me aventuré sin rumbo por algunos caminos, que me obsequiaron con bonitos paisajes de esta tranquila parte del Alt Penedès: desde vistas de pájaro al municipio a extensos campos y viñedos. Sabía que había una cena el día previo a la Mostra, pero me preocupaba poco por ahora, concentrado en mis pensamientos y en descubrir los alrededores de este pueblo tan querido por la comunidad cervecera.

No tardé, no obstante, en visualizar a lo lejos cuatro furgonetas que, claramente siguiéndose entre ellas, se dirigían al centro. Consideré mis opciones, y finalmente decidí acercarme de nuevo al campo municipal.


La tranquilidad que había imperado durante mi estancia unas horas antes, de golpe, se rompe por la mitad entre cánticos de un grupo que anuncia con orgullo que viene desde Murcia. Al acercarme por una de las calles, veo como una hilera de personas camina alegremente en una misma dirección. De todas ellas, me llama la atención la cara conocida de un neerlandés que viste camiseta roja y que saca tres cabezas al resto. Rápidamente me doy cuenta de que ese es mi grupo: voy a cenar con ellos. Les alcanzo y, entre saludos, empieza mi particular duodécima edición de la Mostra de Mediona.

Kristian Meyenburg, de Popaire, me cuenta su rutina de cada edición: ellos vienen tranquilamente el viernes a aclimatarse, el sábado a trabajar duro pero felices; y terminada la locura duermen para marcharse sin prisas el domingo, cuando mejor les vaya.

Ya en el restaurante, felicito a Montse Virgili por una edición más de la feria. Ella, por su parte, ha empezado el día muy temprano, pero con una sonrisa pícara expresa cierto temor por cómo evolucionará la noche, dado que no está agotada como en otras ocasiones.


A su lado me encuentro con Maria Vicente, de Cerveses Lluna, que me cuenta como era la primera vez que venían desde que, 12 años antes, asistieron a una boda precisamente en Mediona, cuya recepción fue en la Masia Agullons, en casa de Carlos y Montse. Probaron sus cervezas, coincidieron en que ‘esto es lo que nos gusta’, y esa casualidad fue el detonante que les llevó a montar, 3 años más tarde, su propia cervecera.

Por vía electrónica, a sabiendas de que mañana no nos veríamos, Jofre Pruna me manda una foto del nuevo stand-caravana que ha montado Edge Brewing para eventos: 'sólo para tus ojos, queremos que sea una gran sorpresa para mañana'.

Cerca del sitio donde he dejado mis cosas para cenar una deliciosa pizza de queso de cabra, me uno a Carlos Rodríguez y a Miquel Piqué, que mantienen una viva conversación sobre cerveza y barricas en el agradable patio del restaurante, hablando sobre la Cerberus Picapoll -con uva local variedad Picapoll- y lo muy buena que sale. No puedo estar más de acuerdo.

Al sentarme me reencuentro con Jordi i Marta, de La Selvaseria, que contentos me comentan cómo este año es su primer edición detrás de la barra, después de varios años como visitantes. Guille Lagardera -Zeta Beer-, con cara de cansancio si bien una amplia sonrisa, está feliz de repetir la experiencia del año anterior. No sólo es una gran fiesta, sino que ‘tienes público especializado y muy receptivo a probar todo lo que traes; es una gran ocasión para evaluar novedades y mantener un contacto más próximo con el consumidor’.


A la mañana siguiente, me levanto temprano y me dirijo a visitar la zona deportiva. Me encuentro ambiente de feria, en pleno montaje. Entre los cerveceros, algún rostro nuevo respecto a los de ayer, y en general caras que indican menos horas de sueño y mayor intensidad que en mi caso en el festejo de la noche anterior.

Saludo a una de mis visitas fijas de cada año en la feria: Pepe, de La Font del Diable. Este año no podré probar sus geniales cervezas, pero no tardaremos en coincidir de nuevo. Veo también a Jordi Llebaria, cervecero de Montseny, que me comenta que la Cursa de la Cervesa fue un éxito, y que repetirán el año que viene. Me alegra saberlo, pues me parece otra gran manera de llegar a un público nuevo y receptivo como son los corredores populares.

Entre todo, y antes de irme, consigo mi vaso de la XII edición: más tarde lo llenaré de cerveza para brindar a distancia por todos ellos.

Y es que muchas son las historias personales que cada año llenan de contenido humano mi visita a este rincón de la geografía catalana: relatos sobre la profesión y la vida, sobre compañerismo, de feriantes que viniendo de lejos se quedan en medio de la carretera y son recogidos por otros compañeros que vuelven atrás para ayudarles, o de cerveceros que sin preocupación alguna dejan su stand con un cartel de 'sírvase usted mismo' mientras disfrutan de las cervezas de sus 'competidores' y brindan por ello.

¿Cómo no iba a buscar alternativas para, de alguna manera, sentir que también había formado parte de esta edición?

(Nota mental: el año que viene repito la previa)

Como novedad de esta duodécima edición, los stands de cerveza se situaron por completo en el campo de tierra

Al final ves que lo que hace especial Mediona es la ilusión que genera en las personas: desde quién diseña la edición de cada año con todo el cariño desde su masía, hasta el que dirige el montaje de tiendas con una sonrisa desde primera hora de la mañana, o el cervecero que ha vivido jornadas de inaguantable calor y algún que otro chaparrón en ediciones al largo de más de una década.

Cada uno de los asistentes y feriantes, así como los vecinos del municpio que se vuelcan incondicionalmente con el evento, sienten la Mostra como algo propio. Esto es lo que la hace verdaderamente especial.

El núcleo humano que se congrega en Mediona es una de las grandes bases que, año tras año, inspira nuestra escena cervecera local. Algo que se tiene que vivir y captar si se quiere comprender bien de qué se compone la comunidad cervecera de este país, y qué planteamientos le pueden resultar motivantes. Todos llevamos un trocito de Mediona dentro.


Salut i birra!

Comentarios

  1. Bueno, otra forma de asistir a la Mostra, no menos gratificante en comparación con la más usual.

    Un abrazo. José

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    1. Al final, más allá de las buenas cervezas que uno se toma durante la Mostra, lo más gratificante es sin duda el contacto con las personas que se congregan en Mediona. ¡Un abrazo José!

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